Como introducción diré que a veces las grandes ideas necesitan un pequeño empujón para ponerse en pie. Y lo olvidé. Y ese fue el primer asunto del que debí preocuparme y esperar una rápida y efectiva solución. A modo de S.O.S, como un arreglo, amor, desamor u otra chapuza a domicilio. Tengo que confesar que sí, que me dejé llevar, como si empezara de cero. Como si estuviera abierto todos los días del año. Como una gran imagen viajera. Por enésima vez. Y además no sabía si empezar o si finalizar. Ni siquiera sabía qué hacer.
Así que cogí mis cosas, las doblé en la maleta y me puse las gafas de sol. Para un día nublado. Muy propio en mí, caminando como si nada pasara. Y mirando como si fueran los demás los que hubieran perdido. Entre tanto comencé a contar mis pasos, multiplicados por dos. Eterno juego… Y volví a caminar mirando el suelo, como en esos días donde sin saberlo era el amo del asfalto, con esa mirada y esa sonrisa que solo unos pocos podían causar. Pareciendo un extraño. Manteniéndome firme. Con la espalda levemente encorvada y el cigarro en la mano.
Así que comencé a pensar, ya bastaba de observar lo que no se va. “For whom the bells tolls”, una calada profunda y ya solo sería cuestión de esperar que surgiera. Animado empecé a recordar con añoranza esas nostálgicas palabras del “jefe”. El que sin saberlo me hizo tanto daño y a la vez tanto favor. Y claro que sí, aparecieron a su lado todos los demás, tal y como los vi juntos la última vez, con aquellas sonrisas, con aquellas ropas. Con sus gestos, sus miradas incondicionalmente aprobadoras. Con seguridad. Y con su respaldo.
Inconscientemente se me metió una frase en la cabeza que pensé no recordaba tan bien. -¿Y sabes eso de que dos personas están preparadas para dárselo todo si a alguna de ellas les sucediera algo que les impidiera volver a hacer una vida normal y la otra aún así volviera para hacerle el amor estando a su lado?-. Quizás, me dije para mí mismo, pero no quería decir eso. De nuevo surgió otra frase dentro, como un eco metálico. -¿Y aquello de que antes de que parpadees volveré a por tí? ¿No? Cierra los ojos y aléjate antes de que me eches de menos y esté a tu lado-. En ese momento volví a respirar, por placer. Necesitando un fin, como un desenalce. Y también me pareció escuchar la voz. -¿En nombre de qué se parece tanto al sueño? ¿Vamos a la azotea? Puede estar de puta madre… ¡Volveremos confundidos…!-. Ya estaba llegando, y me propuse elegir el recuerdo más leve, la frase mas desacogedora posible, para cortar el hilo. Y la elegí. Sin duda alguna. Mi favorita. Decía algo así como -en fin, si no te importa cierra la puerta al salir. Y no te equivoques, estas frases no curan cicatrices, aunque lo quisieran. Sólo aprendes a vivir con ellas. Y si como dicen la vida es un sueño, prefiero despertarme contigo-. Así me planté en mi destino. Con el corazón ajitado y los ojos brillantes. Tragué saliva. Abrí la cancela. Y allí estaba. De nuevo. Donde siempre… Y por muchas primaveras. -Un, dos, tres y…-